Días que te cambian la vida, Testimonio de Marduk Chimalli

1002441_644156918946331_1727942418_nEn un santiamén, una noche de marzo, pasó de ser instructor de Tae Kwon Do y estudiante de la UACM y la UNAM, a ser un reo más en el Reclusorio Norte del Distrito Federal. El joven Marduk Chimalli Hernández Castro, de 26 años, fue detenido el viernes 15 de marzo de 2012 en la calle Heliópolis de la colonia Clavería, en la delegación Azcapotzalco.

Marduk regresaba de acompañar a su hermana al autobús en el que iría de campamento con una tropa scout. Y entonces todo cambió. En columna invitada el joven estudiante nos cuenta de lo que pasó a partir de ese día.

Testimonio Marduk Chimalli Hernández Castro

Atraviesas los corredores de esos viejos edificios, pasas entre los hombres vestidos de beige, miras el exterior a través de las rejas azules que rodean cada pasillo, y cuando abren la chirriante puerta de la celda y te ordenan entrar, te das cuenta que no hay más, estás en la cárcel, en el Reclusorio Norte.
El día 16 de marzo de 2013 tuve que enfrentar esa experiencia, luego de que la noche anterior, una mujer que yo no conocía me señaló como el responsable del despojo, con lujo de amenazas verbales, de su celular y dos anillos -objetos cuyo valor total no era mayor a mil pesos.
El delito había ocurrido en la zona de Clavería, donde yo transitaba a esa hora para llegar a mi domicilio. No hicieron falta más pruebas para que los policías me remitieran a la Agencia del Ministerio Público de Azcapotzalco Centro; de las pruebas que hacían falta para procesarme como delincuente, se encargaron ahí, donde los policías y la denunciante declararon (con las mismas palabras) que mi aprehensión se efectuó tras una escena casi holiwoodense donde “nunca perdieron de vista al perpetrador”.

 Ya en el Ministerio Público, la víctima del asalto comenzó a dudar. Sin embargo, el MP le advirtió que, si se desistía de la primera acusación, incurriría en falso testimonio ante la autoridad y “las cosas podrían volteársele” y ella ser la procesada.

Según sus declaraciones, mientras el asaltante huía “iba arrojando los objetos robados (y posiblemente una pistola) a las azoteas cercanas”. A decir de la mujer, Mariana García Vía de Monte, quien me reconoció “sin temor a equivocarse”, yo era el asaltante.
Antes de considerar hacer de esta narración un argumento para cine de acción, considere el lector que, entre el punto donde sucedió el asalto y el punto donde fui detenido, existe una separación de más de 800 metros, por lo que sólo alguien más rápido que Usaín Bolt (el hombre más rápido del mundo, 100m en 9.96seg, 40km/h) no podría ser alcanzado por un automóvil de la policía en todo ese espacio.
Pasar la noche en los separos del Ministerio Público fue muy desagradable, a pesar de la buena compañía: otro joven detenido por robo de autopartes y otros tres detenidos tras una riña en un antro y acusados de intento de robo de un auto. Todos temblábamos, aún no sé si por el temor o la baja temperatura, pero comimos aun así con el mayor gusto que pudimos unas gorditas que los chicos del antro lograron infiltrar.
Sin embargo, mi llegada al área de ingreso del Reclusorio Preventivo Varonil Norte fue peor. El hecho es que en la estancia donde yo estaba asignado, una celda pequeña con cuatro planchas metálicas dispuestas como dos literas, no quedaba espacio para dormir acostado; la solidaridad de los otros internos apenas bastó para pasar la noche sentado en la orilla de uno de los camastros desde donde pude contemplar entre la oscuridad mi buena suerte, pues otros habían tenido que encontrar lugar en el húmedo suelo bajo la regadera, o sentados sobre el retrete de metal al fondo, e incluso había uno más de pie sobre el lavabo. A pesar de estar el lugar lleno y de tener las rejas cubiertas con bolsas y cartones para impedir el paso del viento, sentí mucho frío esa noche y todas las siguientes.
Quitarse el frío cada mañana en el ingreso del Reclusorio Norte constituye un ritual que involucra la espera del pase de lista, distribuidos en pequeños grupos de confianza que se aglutinan entre sí, acumulando todos los cuerpos posibles bajo alguna cobija traída por algún otro interno que hace mucho no está ahí. Tras la lista, llega El Rancho, que no es otra cosa que los caldos, supuesto guisado y café que el centro penitenciario reparte junto con un bolillo o una naranja. Pero el cuerpo no se calienta del todo, queda una sensación de frío que viene desde el interior del cuerpo y que permanece todo el tiempo.
Ese día de mi ingreso al reclusorio se me informó de los cargos que se me imputaban: Robo Calificado Agravado, y hasta entonces se les permitió declarar en mi favor a mis padres, testigos de la detención.
La defensora de oficio asignada para el juzgado séptimo asesoró a mi familia para enfrentar el caso. La recomendación fue que me declarara culpable de los cargos, para recibir un juicio más rápido y obtener beneficios como primodelincuente tras la sentencia. Ante mi negativa a declararme culpable, no hubo acción legal alguna de la defensa, tampoco de la parte acusadora o del Ministerio Público por probar mi responsabilidad en el robo, mucho menos de parte de la Policía de Investigación por proveer información para esclarecer los hechos. No obstante la falta de pruebas en mi contra, el juez Fernando Guerrero Zárate dictó auto de prisión preventiva en lo que duraba el proceso, sin enterarse en ese momento de las vidas que estaba afectando, del riesgo en que me ponía y el viacrucis que daba a mí y mi familia.
Durante un lapso de entre seis meses y un año, a decir del juez, tendría que levantarme cada día con el sonido de los candados, ese escándalo que producen los encargados de abrir cada celda a las 07:00 horas.
Bueno, no cada día, pues de vez en cuando nos despertábamos más temprano para ver en la programación de la madrugada ese programa japonés, que por razones que no entiendo, programaban durante la noche y que a todos nos encantaba ver como si aún tuviéramos diez años y fuera la primera vez que los pasaran: Los Supercampeones.
La verdad es que en esa pequeña ciudad de edificios viejos y con la pintura carcomida, habitada por delincuentes, existe una gran cantidad de pobladores con los que no tienes que negociar tu vida a cada instante, pues muchos de ellos, la mayoría, son delincuentes menores llevados ahí por robo simple o consumo de drogas y que no pudieron salir por carecer de recursos para su defensa o fianza; incluso, hay muchos internos que son procesados como en mi caso, sin haber cometido delito alguno. Sin embargo, la vida ahí no es nada sencilla, no solamente porque sí existen internos con conductas violentas y prácticas de violencia colectiva en contra de los internos que van llegando, y sólo por ese hecho; además, la vida en ese lugar es muy difícil porque está dedicado a privar a sus internos de varias de las condiciones más básicas de los seres humanos.
El reclusorio es un monstruo que va engullendo poco a poco a los que penetran en él, no de un solo golpe, sino lentamente, a medida que los priva primero de su libertad para transitar donde quieran, luego de su libertad para decidir sobre su tiempo, sus actividades, su descanso o sobre su aspecto; también priva a sus reclusos de la confianza en otros seres humanos y, desde el principio, del proyecto de vida familiar, profesional y personal que llevaba afuera.
Si eres un interno, el reclusorio decide cuándo duermes y cuándo comes, duermes como puedes y comes lo que hay, vistes como marca el reglamento y mantienes un aspecto que no genere interés en otros, nada que los haga pensar que tienes dinero o que eres un foco de infecciones o parásitos (sólo los custodios son más temidos y odiados que una especie de pulga que ahí llaman “laico”); no quieres hacer nada que moleste a otros y no confías plenamente en nadie. Y tu familia, que siempre te había acompañado, es sólo una visita. Lo que hacías afuera ya no podrás hacerlo aun si sales, lo que planeabas hacer ya no podrá ser.
Por fortuna, las servidoras sociales están para ayudar y mejorar el ánimo de cualquiera, sometiéndolo al juicio de “si no estás aquí por lo que se te acusa, piensa en todo lo que has hecho y que no has pagado”. Perdí la cuenta de cuántos internos conocí que, mientras ellos estaban adentro, sus esposas se encontraban embarazadas. Perdí la cuenta de cuantas madres partían al final de la hora de visita conteniendo las lágrimas al no poder llevarse a sus hijos ¿Qué estarán pagando esas madres y esos hijos?
Mientras tanto, mi familia, de sangre y de espíritu, se organizaba en mi favor, solicitando a la autoridades que hiciera acopio de lógica para el caso y que se me excarcelara debido a la inexistencia de pruebas; al mismo tiempo, hacían el trabajo de las autoridades para esclarecer los hechos, encontrando testigos y buscando las grabaciones de las cámaras de la zona que el MP había negado que existieran.
Al poco tiempo, descubrieron que la víctima del asalto había recibido apoyo en un lugar cercano tras el asalto, desde donde había pedido auxilio de la policía, la cual tardó en llegar algún tiempo.
Si contáramos todo el tiempo entre el asalto y la detención, la escena de la persecución habría durado más de quince minutos, resultando una persecución a menos de 3 km/h. La situación era cada vez más absurda, mientras que yo tenía que distribuir mi tiempo entre las clases de gramática y sintaxis en el centro escolar, y los coloquios respecto al robo de autos y transeúntes.
Ante la avalancha de apoyo que llegaba hasta el interior de la prisión, no me quedaba otra opción además de resistir, mantener a toda costa mi orgullo, mi confianza en los otros y mi decisión de luchar con la verdad por mi liberación. Hice relación con otros internos en situaciones similares, nos apoyamos y nos adaptamos lo mejor que pudimos.
La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal y la Universidad Autónoma de la Ciudad de México encabezaron el apoyo institucional en mi defensa, pugnando por la revisión del expediente para determinar las evidencias que conducirían irremediablemente a la demostración de mi inocencia en el delito.
Y lo lograron.
Después de dos meses y medio, el 28 de mayo se me restauraron mis derechos ciudadanos bajo el argumento de “falta de elementos para continuar el proceso” por orden de la sala séptima del Tribunal de Justicia del Distrito Federal.
Después de esos 74 días, se me quitó el frío.

• Marduk continúa sus estudios en las carreras de Comunicación en la UACM y de Diseño y Comunicación Visual en ENAP de la UNAM. Sigue practicando Tae Kwon Do.

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